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Necrópolis porteña

by Mauro Leone | PH: Banco de Imagen

Imantado. Como era predecible, el recorrido inconsciente por la ciudad me deja de nuevo, sin planearlo, en esa puerta. El centro de mi laberinto parece ser siempre el mismo umbral, el mismo mármol. Otra vez ahí, atraído, imantado.

Todo me indica que debo entrar. Cada vez es igual; he repetido tantas veces el mismo recorrido que ya parece un ritual, un modus operandi. Primero atravieso el hall de entrada esmeradamente pintado de blanco y hay guardias de seguridad y un mapa que divide el cementerio alfanuméricamente. Las ubicaciones recuerdan a la batalla naval y es entretenido buscar los nombres y las referencias. Macedonio Fernández | E3 | hundido. Sin embargo lo atravieso sin demoras y me hundo de lleno en la ciudad de los muertos.

Es casi involuntario; voy entrando al corazón ruinoso, lejos del resto de los visitantes. Los pasillos se multiplican y tomo direcciones que a la hora de volver se tornan imprecisas. Debería haber extendido un ovillo desde el ingreso; me bastaría con recogerlo para regresar a la puerta, caminando sobre mis propios pasos. Pero no, no hay ovillo ni nada. La altura de los panteones anula la visión de los edificios de afuera y del muro perimetral. No hay referencias exteriores; todo es La Recoleta y su laberinto de ángeles y nombres que recuerdan a calles y batallas y libros amarillentos y hermosos, y olvido, y muerte.

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