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Perdiendo el rumbo, siguiendo la intuición

by Celeste Benítez | PH: Banco de Imagen

Cuando subí al auto rumbo a Mendoza repasé mentalmente aquellos regalos pendientes que saldaría con las mejores botellas de malbec luego de realizar la famosa “ruta del vino”, en la 8va capital mundial vitivinícola.

Claro que todo cambió desde el mismo instante en que los plátanos característicos de las anchas avenidas me cautivaron y -según creo- a partir de allí, “perdí el rumbo”.  La ciudad pintoresca invitó a un abanico de posibilidades en cuanto a la oferta de hoteles de distintas categorías en las principales calles. Las mismas que colmadas de bares y restaurantes con excelente gastronomía, se llenaban de mística con algún violín, acordeón o el sonido de un instrumento acompañando.

Así fue como dejar la maleta en la habitación, se convirtió en un trámite para lanzarse a la ruta que llevaría a las Termas de Cacheuta, en Luján de Cuyo y en poco más de una hora de viaje, las montañas se transformarían en un spa de aguas relajantes. Fue el mimo merecido, con un atuendo de lo más sencillo: malla y bata. En pocos minutos, el cuerpo y la mente de manera inevitable fueron sufriendo la metamorfosis. Un estado de relajación plena. Además, quise pasar por una sesión de masajes descontracturantes, aromaterapia y sauna.

Claro, a la mañana siguiente el cuerpo pidió otra cosa. Un rico desayuno en la pintoresca peatonal y la decisión de encaminarse unos 70 kilómetros hacia Potrerillos, donde se despertarían un sinfín de sensaciones motivadas por la adrenalina de la aventura. Un parador enclavado en la montaña, marcaba el contraste entre lo natural y la construcción de lo moderno: grandes ventanales, hierro y madera, un deck con mesas, bancos y sombrillas para observar el paisaje y comer algo mientras llegaban los turnos para las diferentes actividades.

Uno es el que elije, rappel, rafting, canopy, escalada, parapente, kayak, trekking u otras opciones. Preferí calzarme el traje de neopreno, el casco y salvavidas, y subir al bus que me llevaría a recorrer el río en gomón. El agua color terracota y fría iba pegando en los rostros y se filtraba por todo el cuerpo. La adrenalina se activó desde el minuto cero y hasta al más introvertido de los mortales, se le escapará algún que otro grito, en esta aventura increíble.

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