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Cinco Pasos Hacia el Fin del Mundo

by Gaston Castagnet | PH: Banco de Imagen

Los viajes tienen muchas capas, infinitos horizontes, distintas realidades. Para algunos, viajar es la oportunidad de conocer la historia o sus personajes; otros se pierden en su evolución arquitectónica; hay quienes andan en búsqueda de vanguardias artísticas, y claro, también los hay visitantes gastronómicos.

Desde hace un tiempo, mis viajes tienen un poco de todo lo anterior, con una gran inclinación hacia los nuevos sabores. Es que, definen un lugar. Embeben, entre sus fórmulas y modos, peculiaridades de su evolución social. Las vivencias se presentan frente a Ud. sobre un plato, con texturas singulares, colores particulares y aromas que actúan como llaves emotivas de sus futuros recuerdos. Tierra del Fuego puede observarse hasta la admiración, sentirse con cada brisa en la piel y saborearse desde lo más profundo de su entorno. Esta vez, lejos de la montaña, siento el correr del tiempo de un pueblo pesquero en mi boca y me sumerjo en el canal Beagle; en cinco platos sinceros y frescos, que nos sugiere el chef Ernesto Vivian de la mano del Instituto Fueguino de Turismo. 

Plato 1. Reina de coraza rojiza y cinco pares de patas; la centolla es una de las preferidas de locales y visitantes. Su carne blanca, perfumada y semi dulce, es el plato que más “ñams” se lleva entre los comensales. Plato 2. Vecina de almejas y ostras, las vieyras son un verdadero deleite. Un toque cítrico combina a la perfección y realza su textura. Plato 3. Ceviche de Cojinova, con el picor justo y la apertura arómatica intensa del pimiento colorado. Plato 4. El principal y más recomendado, es la merluza negra en salvia y limón. Su sabor es realmente único. Este pez, conocido como el oro blanco del Atlántico, tiene un precio aproximado de $1500 el kilo. Lo vale. Plato 5. El viaje gastronómico culmina con broche de oro: un liviano y efímero postre, helado de limón en tibio sambayón de espumante. Final del recorrido.

Vivir un destino desde su gastronomía, es auto obsequiarse el souvenir de las futuras percepciones. Es crear puertas hacia los paisajes, las calles y la gente del lugar; es abrir puertas ante los aromas que llegarán, remotamente, un día impensado.

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