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La Calidez de su Gente

by Guillermina Collins | PH: Banco de Imagen

En Ushuaia la belleza es explosivamente natural. No hay sofisticación urbana, ni arquitectura exquisita.

Una especie de estilo europeo predomina por momentos, y por partes se diluye, ante la urgencia del obrar con materiales e ideas disponibles. La sensación es ambigua. Una ciudad lejana, que por momentos se vuelve pueblo familiar. Veredas de simple argentinidad, que se vuelven soberbias con el entorno de la cordillera nevada. El contraste atrapa; mis primeras horas se fueron en pasos.

Con el correr de los días entendí de qué trataba la hostilidad del frío y el viento, y también, cuál es la fuerza vital que la repele. La calidez de sus habitantes es el alma del lugar. Por allá lejos, la población se fue estableciendo con olas migratorias.

Quizá este desarraigo ínsito tenga que ver con la alegría del recibimiento; será que la gente guarda en su memoria el haber llegado a la tierra y haber sido recibidos –como lo confesó una protagonista–; será que tanta lejanía hace desear con mayor énfasis el ser visitado; será la familiar soledad de la llegada. Sea lo que sea, la amabilidad de su gente te hace adorar la ciudad a horas de conocerla.

Caminé por la avenida principal y choqué con mis primeros anfitriones. El saldo fue una infusión calentita para entibiar el paseo. Caminé y sentí el viento que entraba sin pedir permiso; caminé y conseguí un buen invento para envolver las pocas partes que hasta ese momento tenía liberadas. Volví al punto de partida por la paralela; llegué al puerto que espera y conseguí mi primer mapa. Claro candidato al garabato.

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