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Vivir en la isla

by Guillermina Collins | PH: Banco de Imagen

El fueguino es tranquilo –como todo isleño, me decían-; la vida pueblerina dista mucho del vértigo turista.

Las tres cosas más locales que pude conocer fueron: Yamana, la pista municipal de patinaje sobre hielo, punto de encuentro donde los fueguinos practican su deporte más típico y popular. Las “casas trineo”, que hoy son más bien un recuerdo de la época en que la población no tenía terrenos propios y construía, sobre los terrenos fiscales, pequeñas casas de madera asentadas sobre dos postes debajo del piso, para así poder trasladarlas cuando eran desalojados. Lo tercero, la especial modalidad que adopta “un paseo por el centro” para el fueguino; aquí las veredas no se caminan, los pobladores pasean lentamente en auto por la avenida principal y así chequean sus vidrieras. Y es que, vivir en una isla, tiene sus detalles. El barco trae la fruta y la verdura; los metros escasean y la demanda habitacional abunda; si te subís a un barco, podés llegar hasta el continente sumergido, impolutamente blanco y frío de la Antártida; la puerta de salida es solo en balsa o en avión; y la cordillera ya fue cruzada. Esto también es Ushuaia. Un paraíso natural conquistado y un alma que se construye día a día.

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