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Museo de Orsay

by Destinos & Hoteles | PH: Banco de Imagen

En plano corazón de París y a orillas del Sena, nos encontramos con la antigua estación de trenes y el hotel de Orsay, que desde 1986 alojan al museo homónimo, uno de los más importantes de la ciudad. “La estación es magnífica y parece un Palacio de Bellas Artes”, escribía el pintor Édouard Detaille cuando se inauguró el edificio, allá por el 1900. Y fue todo un visionario.

Cuando los trenes dejaron de pasar, en 1939, la estructura fue testigo de diversos acontecimientos: Acogió a los repatriados de los campos de concentración alemanes, luego de la Segunda Guerra Mundial; fue el escenario elegido por Charles de Gaulle para anunciar su regreso a la política en 1958, y sirvió como decorado de cine para películas dirigidas por Orson Welles y Bernardo Bertolucci.

En la década de 1970 hubo proyectos de demolición, pero varios personajes de la sociedad francesa se opusieron. Fue durante esos años que comenzó a gestarse la idea de instalar piezas de arte, en un contexto dominado por elementos industriales como el hierro y las cristaleras. El acondicionamiento del lugar respetó la esencia de la arquitectura y la complementó con un diseño interior que contrastaba por su línea moderna. Finalmente, a mediados de 1980, abrió sus puertas como museo, con la particularidad de abarcar un breve período del arte occidental: Desde la revolución de 1848, hasta los inicios de la Primera Guerra Mundial en 1914.

Así, a nivel museográfico, cubre el momento histórico comprendido entre las obras de los antiguos maestros que se exhiben en el Louvre, y las creaciones de arte moderno y contemporáneo que ocupan las salas del Centro Pompidou. Los trabajos impresionistas y postimpresionistas de artistas como Monet, Renoir, Cézzane, Van Gogh y Gauguin son el punto fuerte del museo de Orsay, aunque también destacan elementos de corrientes realistas, neoclásicas, simbólicas y románticas.

Además, desde sus inicios fue concebido como un espacio integral: Pinturas y esculturas conviven en sus tres plantas, junto con fotografías, artes decorativas y obras de arquitectura. El viajero seguramente reconocerá a las mujeres de Tahití pintadas por Gauguin, los retratos de Van Gogh, la representación de la vida burguesa que plasmó Renoir en Baile del Moulin de la Galette y la Olympia de Manet; íconos de un período tan breve como prolífico.

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