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Venecia, un pueblo con suerte de marinero

by Jimena Montoya | PH: Banco de Imagen

Un hombre con manos de obrero pellizca con una pinza una bola ardiente. Seis puntas se levantan y se afinan inclinándose como una caricia al aire, como en una danza. Unos pequeños golpecitos suenan agudo y terminan de moldear: una, dos, tres, cuatro patas, una cabeza y una cola.

Al enfriarse se endurece y lo que era rojo ahora es azul. Allí y así, contra natura, como un pase de magia, nace un caballito de vidrio en Murano. A pocos kilómetros, flota Venecia. Una ciudad con forma de pez, que no puede tener encima otra cosa que un pueblo con suerte de marinero. Son mercaderes, y aunque parecen errantes, nunca se van. Maldicen, pero esperan con pálpitos que el agua lleve y traiga todo lo que tenga reservado para ellos y más. Y si es el día convenido, sin importar la temporada, practican frente a quien sea su ritual: limpiar los faroles de las fachadas, barrer en bata, charlar con la vecina, comprar en el mercado, salir de una puerta amarilla y cruzar la plazoleta al medio día. Saludar, hacer sombra, hacer un nudo náutico para asegurar la góndola en cualquier lugar.

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